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Criada en una familia de larga tradición política, el padre de Pelosi fue alcalde de Baltimore (Maryland) y su madre, una activa feminista que se dedicó en cuerpo y alma a su familia. Cuando Pelosi tenía sólo siete años, aprendió a atender las llamadas de teléfono que se recibían en su casa y a explicar a la gente cómo conseguir una cama de hospital o adónde llamar para abrir un negocio. Profundamente identificada con los postulados demócratas -"no tenemos nada de lo que avergonzarnos", dice- la legisladora no dio el salto a la política activa hasta los 47 años, cuando el más joven de sus cinco hijos acabó la educación secundaria. "Madre, haz tu vida", le respondieron a Pelosi sus hijos cuando les consultó sobre la conveniencia o no de dedicarse a la política a tiempo completo. Y su vida a partir de entonces fue escalar posiciones dentro de su partido, en el que es vista como una mujer de profundas convicciones, moral inquebrantable y, sobre todo, de armas tomar.
En 1987, fue elegida congresista por el distrito de San Francisco (California), adonde se trasladó después de casarse, y desde entonces no ha dejado escapar un escaño con el que los demócratas cuentan de antemano antes de cualquier elección. Quince años después, tras el descalabro electoral demócrata en las legislativas, el veterano político Dick Gephardt se retiró como líder de la minoría en la Cámara Baja y cedió el paso a Pelosi, que obtuvo un amplio respaldo por parte de sus correligionarios pero no exento de cierta polémica. El desembarco de Pelosi al frente de la nave demócrata fue interpretado como un viraje hacia el ala izquierda del partido, que pretendía acabar con la docilidad que desde los atentados del 11 de septiembre del 2001 en EEUU había mostrado hacia el presidente de EEUU, el republicano George W. Bush. Desde su nuevo cargo, la batalladora congresista ha impuesto la consigna del "prietas las filas" en un partido que se percibe por el público como muy dividido en asuntos claves como la guerra de Irak o la inmigración. Con una sonrisa perenne en su cara -que algunos críticos achacan a sus múltiples cirugías estéticas más que a su buen carácter-, a Pelosi no le han dolido prendas para enfrentarse con los legisladores demócratas más díscolos y reconvenirles para lavar los trapos sucios en privado. En su carrera política y en su palpable generosidad -es la primera en mandar flores a sus compañeros cuando sus cónyuges enferman- ha tenido mucho que ver su marido, Paul Pelosi, un rico inversor que ha puesto su fortuna al servicio de las aspiraciones de su mujer. No en vano, ella ha bromeado en más de una ocasión sobre la solvencia económica de su marido tras una buena comilona con la frase "doy gracias al cielo por Paul Pelosi". La fortuna de la familia se calcula en unos 25 millones de dólares, que provienen en su mayor parte de los negocios inmobiliarios del matrimonio y que a buen seguro la ayudarán en su objetivo de convertirse en la próxima presidenta de la Cámara Baja, uno de sus sueños confesos desde que entró en el Capitolio. Desde su nuevo puesto, Pelosi podrá dedicarse a sus ocupaciones favoritas: criticar con fiereza a Bush, imponer orden entre los parlamentarios y articular una agenda claramente demócrata. Y cerrar el día, como hace siempre aunque su peso no lo denote, con una buena ración de chocolate antes de irse a la cama.
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