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Para ellos, había elaborado un cartel con gran cariño en donde daba las gracias a todos. En el espejo principal del establecimiento rezaba: 'A partir de primeros de año, esta peluquería cierra indefinidamente. Mi agradecimiento a esta distinguida clientela que me ha honrado con su confianza durante tanto tiempo'. Confiesa que le costó mucho escribir dichas palabras por todo lo que significaba, aunque lo que más le ha obligado a replantearse la vida han sido las frases de algunos clientes de toda la vida. Visita obligada Aunque este malagueño cerró el negocio hace dos semanas, afirma que todos los días ha vuelto al establecimiento a pasar un rato. 'Simplemente estoy aquí y recuerdo cosas que me han pasado durante tantos años'. En la habitación de este piso de la calle Jorge Guillén -es la casa donde vivían sus padres- todo sigue como el día en que echó el cierre e incluso la máquina de afeitar y las navajas continúan en los mismos cajones de siempre. Así, mientras repasa visualmente los diferentes objetos que han quedado sin uso, comienza a narrar cómo ha cambiado la profesión en este último medio siglo. Afirma que al principio pasó bastantes penurias porque tuvo que abandonar el colegio muy joven. 'A mi padre le recomendaron que se fuera a vivir cerca del mar por una dolencia del corazón. Por eso nos trasladamos a la capital'. Todavía recuerda las largas jornadas de trabajo junto a su padre en las que 'no se sacaba dinero ni para ir al cine los domingos'. Es más, confiesa que 'antes se trabajaba mucho más que ahora y las penurias no pasaban de ninguna forma'. Lo más importante de aquella época fue 'hacerse una clientela fija con mucha educación y profesionalidad'. A su juicio, montar un negocio de este tipo no es complicado, ya que sólo es necesario disponer de 'un local para trabajar y una pequeña inversión en productos'. Entiende que lo único importante para conseguir el cariño de todo un barrio es 'mostrar inquietud por el trabajo y un espíritu de superación cada día que pasa'. Gracias a esta receta mágica, ha conseguido que numerosos vecinos le obsequien con diferentes placas y botellas de vino por el trabajo realizado. Todo este tiempo trabajando en el barrio también ha servido a Juan Díez para convertirse en una especie de confesor. Este malagueño cuenta que las personas que se han sentado en su sillón se han relajado tanto que han terminado por contar sus intimidades. 'La primera vez que venían estaban nerviosos sin quitarme ojo de encima, pero cuando veían que todo iba bien, se soltaban y contaban todo tipo de detalles'. Confesor prudente Cree que su secreto ha estado en la prudencia, porque 'las personas se abren cuando quieren, sin que nadie les obligue'. De hecho, una vez llegó a mediar entre un matrimonio que discutía sobre un asunto de dinero. 'Al final vinieron a agradecerme el consejo y a decirme que desde que acudieron a mí, viven más felices', relata orgulloso. Aunque en la actualidad se ven pelos de todo tipo, este profesional lamenta que en los últimos años se ha perdido el corte a navaja, 'un estilo que dio a la profesión las mayores glorias y que las nuevas escuelas apenas utilizan'. Considera que para hacer un buen corte hay que tener mucha imaginación porque 'se debe ver el resultado final antes de utilizar las tijeras por primera vez'. Para ello, 'hay que ser muy observador y tener inquietud por aprender con todo lo que se ve en la calle'. El problema -continúa- 'es que las nuevas generaciones prefieren realizar un corte rápido y sin complicaciones'. Según las nociones que él aprendió cuando era joven, es imprescindible recuperar la 'psicoestética', que no es otra cosa que cortar el pelo en función de las características del cliente. 'No es lo mismo pelar a una persona con las barbilla pronunciada que a otra con las orejas un poco más despegadas de la cara'. Por ello espera que los nuevos aprendices 'ayuden a sacar adelante una de las profesiones más bellas que existen'.
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