BUSCAR EN EL CANAL


Hombre actual



La vuelta al Mediterráneo en siete días


No es el Queen Mary II, pero tiene el espíritu viajero del novelista que le da nombre. Es el Jules Verne, un crucero que ha permitido que Alicante también sea punto de partida de uno de los buques turísticos que navegan por el Mediterráneo. Desde hace unas semanas, el Jules Verne zarpa todos los lunes desde el Puerto alicantino para recorrer durante siete días los enclaves más bellos del litoral mediterráneo. Vision Cruceros es la empresa que se ha encargado de fletar un barco lleno de encanto que nada tiene que ver con las ciudades flotantes que regularmente se detienen en Alicante. Sin duda, es una excelente oportunidad para iniciarse en un tipo de vacaciones que cada vez atrae a más viajeros.



La travesía del Jules Verne comienza al atardecer del lunes. Después de soltar amarras, el buque pone rumbo a Túnez, donde llega el miércoles a primera hora de la mañana. Durante las más de 36 horas que dura esta primera etapa de la navegación, el viajero no tiene tiempo de aburrirse. El perfil de Alicante, presidido por el Castillo de Santa Bárbara, se va empequeñeciendo en el horizonte mientras el barco comienza a surcar el mar.

Es el momento de acomodarse en los camarotes, equipados sin demasiados lujos pero sin carencias importantes. Las camas son confortables, hay televisión, teléfono, caja fuerte, radio... Los baños son más prácticos que cómodos, pero el sacrificio merece la pena. Apenas unos minutos después de embarcar se inicia el obligatorio simulacro de emergencia que permite al pasaje saber cómo debe colocarse los chalecos salvavidas y tener claro qué pasos debe dar en caso de naufragio. En la primera noche, los viajeros conocen a los tripulantes que les atenderán durante toda la travesía: el personal que mantendrá en orden los camarotes, los camareros, las animadoras...

La primera jornada, en la que el buque no realiza ninguna escala, sirve para que los pasajeros conozcan al detalle las instalaciones del Jules Verne: las cubiertas, los bares, el restaurante, el gimnasio, la sauna, el Teatro París, la biblioteca, la discoteca, el casino...

El barco cuenta con casi todas las prestaciones de buques mucho mayores, aunque lógicamente las dimensiones son más reducidas. Probablemente, éste en uno de los handicaps de este crucero, ya que instalaciones como la piscina, el gimnasio o la sala de juegos son demasiado pequeñas. El hecho de que el número de pasajeros sea muy inferior a la capacidad de los megacruceros -que pueden llegar a acoger a más de 3.000 pasajeros- compensa la falta de espacio.

El excelente y personal trato dispensado en general por toda la tripulación, especialmente por el equipo que capitanea el director de crucero, Miguel Costa, también permite superar ciertas limitaciones.

La noche del martes es la elegida por el capitán para ofrecer la cena de gala. Los pasajeros deben vestir con elegancia para saludar al máximo responsable del Jules Vernes, conocer a los miembros de la tripulación encargados de llevar el buque a buen puerto y disfrutar de la cena.

Uno de los mayores atractivos del Jules Vernes es su ruta, ya que incluye entre sus escalas dos puertos en los que habitualmente no atracan otros cruceros: Trípoli (Libia) y Cagliari (Cerdeña). El primer alto en el camino está situado en Túnez, cuyo puerto recibe barcos turísticos prácticamente a diario. La capital de este país del norte de África se ha convertido en un destino habitual de los cruceros que navegan por el Mediterráneo, por lo que el negocio del turismo, centrado en la venta de objetos artesanales, es una de las principales actividades. En Túnez hay que visitar la Medina, con estrechas calles repletas de zocos -tiendas de alfombras, orfebrería, perfumes, marroquinería y cualquier tipo de objetos susceptibles de ser vendidos-, las ruinas de Carthago y el encantador pueblo de Sidi Abu Said, cuyas casitas blancas y azules presiden un impresionante acantilado.

Después de dejar atrás uno de los paraísos del regateo -obligatorio si se quiere comprar algo en Túnez-, el Jules Verne sigue bordeando el litoral mediterráneo del continente africano para llegar a Trípoli, la capital de Libia y una de las sorpresas agradables del crucero. El viajero descubrirá una ciudad que, como todo el país, se ha mantenido aislada de medio mundo. A diferencia de Túnez, en Trípoli no se discute el precio de las cosas: se paga lo que cuesta o no se compra. Los libios son amables y educados con los turistas, lo que sin duda compensa las reticencias iniciales que puede despertar una nación que vive casi cuarenta años bajo el liderazgo de Gaddafi. En Trípoli resulta especialmente atractivo el barrio colonial, levantado por los italianos a principios del siglo XX, y la medina, repleta de tiendas de artesanía.

La vida sigue a bordo del Jules Verne y la tripulación se esfuerza para que el pasaje no se aburra. Algunos viajeros prefieren aprovechar las horas de sol para broncearse en la cubierta acariciados por la brisa marina y observar a los delfines y ballenas que en ocasiones acompañan al barco; otros se decantan por asistir a las clases de baile y algunos optan por refrescarse en la pequeña piscina.

El puerto de La Valetta, capital de Malta, es la siguiente parada del Jules Verne. Se trata de una de las escalas más atractivas, aunque también una de las más masificadas por el número de cruceros que la visitan para que sus pasajeros conozcan la bonita ciudad de Mdina o recorran las bulliciosas calles del centro de La Valetta, donde se concentran docenas de tiendas y comercios, además de la Catedral de San Juan y docenas de monumentos dignos de interés.

La penúltima parada del crucero es Cagliari, capital de Cerdeña, un puerto que habitualmente tampoco está en la ruta de los buques que cruzan el Mediterráneo cargados de turistas. Se trata de una ciudad por descubrir, cargada de historia y conquistada una y otra vez por diferentes culturas. Fenicios, púnicos, genoveses y aragoneses la dominaron, pero los musulmanes nunca la conquistaron. La visita al barrio de Castello, situado en una de las siete colinas sobre las que se asienta la ciudad, y un paseo por la playa del Poetto -de blanca arena- son los principales atractivos de esta urbe.

El viaje llega a su recta final tras partir del puerto de Cagliari el sábado por la tarde. Mientras el pasaje disfruta de la segunda cena de gala, el buque emprende rumbo a Palma de Mallorca, un destino archiconocido pero que ofrece interesantes excursiones. Si el viajero ha visitado ya las Cuevas del Drac y Porto Christo y también conoce la ciudad de Palma, siempre le queda la alternativa de tomar el coqueto tren de madera que conecta con la preciosa Sóller. Desde allí, un no menos coqueto tranvía acerca a quienes lo deseen al Puerto de Sóller, enclave turístico de primer orden.

De vuelta al Jules Vernes, los viajeros sienten ya cercano el fin de una aventura que les ha permitido conocer lugares que de otra manera probablemente no habrían pisado y hacer amistades que en muchos casos serán para toda la vida. El estrecho perfil de Tabarca reaparece a babor en el plácido horizonte, mientras que la proa del buque enfila el Puerto de Alicante. El castillo de Santa Bárbara reaparece para dar la bienvenida al Jules Verne y a sus pasajeros. Como asegura el capitán Abdel Saidani, 'atracar en el Puerto de Alicante es una experiencia muy excitante'.

Terra Actualidad - VMT

Otros artículos de Alicante
· El plan para evitar incendios en el monte moviliza a dos mil personas en la provincia
· Incendian de madrugada varias piezas de la Hoguera Carolinas Altas
· El entorno del Cementerio Viejo de Elche se transforma en un jardín de plantas autóctonas
· El Gobierno trata de frenar también el Plan Rabasa
· Se entrega en Ciudad Real el presunto asesino de su compañera sentimental en Alcoy
 

IMPRIMIR ENVIAR A UN AMIGO