«No me voy de aquí porque no puedo; no tengo medios económicos. Por eso, no me queda más remedio que aguantar. Algunos días me resulta francamente insoportable». Alicia, nombre ficticio porque prefiere no dar el suyo verdadero, vive en la calle Pintor Antonio Saura, en el barrio de Sanchinarro. Está casada, tiene tres hijos pequeños y, como vecinos, a varias familias gitanas que vinieron aquí hace un par de años como realojados desde la zona de Virgen del Cortijo.
Está harta de aguantar lo que ella califica una total falta de convivencia, de consideración, mala educación y escándalos. «Van a su aire», añade.
Del lado contrario, los gitanos. Ellos nos niegan que den problemas aunque, tras un rato de conversación, admiten que también entre los suyos hay algún «garbanzo negro».
Se ha corrido la voz de que en esta zona de Sanchinarro -la comprendida entre las calles Pintor Lucio Muñoz, Pintor Antonio Saura y Pintor Ignacio Zuloaga, más conocida como la zona de «los pintores»-, las familias gitanas campan a sus anchas sin encomendarse a nada ni a nadie. Se rumorea, incluso, que muchas empresas no hacen repartos, que otras no entregan pizzas a domicilio y que muchos taxistas se resisten a pasar por aquí a ciertas horas de la tarde o la noche.
La mayoría de los vecinos no quiere hablar. Cada uno en su casa y Dios en la de todos, es el lema. A callar, que luego pueden llegar las represalias. Al menos, eso es lo que se intuye. Loli, una vecina de Pintor Lucio Muñoz lo deja muy claro: «Yo no me meto en nada. A mi casa, y ya está». No quiere decir más.
Alicia se desahoga: «¡Claro que hay robos! Llevo aquí tres años y puedo asegurar que se producen ciertos hurtos. Donde son más frecuentes es en los garajes. A mi marido, sin ir más lejos, le forzaron las puertas y se llevaron todas las herramientas que tenía en el maletero. Y rompen las cerraduras. No me considero racista pero hay que reconocer que ellos, los gitanos, no se adaptan a la vida en una comunidad de vecinos. Se creen los amos. Y por mucho que digan, ellos son los culpables de muchos escándalos y ruidos en la calle. He visto hasta niños pequeños conduciendo coches. ¡Es que no respetan unas mínimas normas!».
Mientras Alicia se aleja con sus pequeños para seguir con su paseo matutino, nos encaminamos hacia un grupo de familias gitanas. Ellos y ellas están al calor del sol de media mañana. Adultos y jóvenes, en animada charla, se apoyan en la pared de la fachada de su edificio. Las abuelas, más limpias que una patena, se han bajado a la calle su silla, para estar más a gusto. Vemos niños montando en bicicleta y nos extraña porque es horario escolar.
Al acercarnos, se ponen en guardia. Parecen mosqueados.Cuesta entrarles. De repente, Juan José López, 55 años, a punto de ascender a la categoría de «patriarca», se nos arranca. «Siempre nos perseguirá la mala fama. Reconozco que hay gitanos con los que no se puede convivir, pero por eso no hay que mentar a todos, porque gitanos «habemos» muchos y no es justo que nos metan a todos en el mismo saco».
«Yo mismo me considero trabajador y honrado. Ahora estoy empleado como vigilante de una obra y trabajé en la construcción porque soy albañil. Tengo nueve hijos y todos muy buenos, con sus cosas, pero buenos y respetuosos», explica el patriarca.
Antonia, su mujer, asiente con la cabeza. A sus 55 años y después de haber parido esos nueve hijos, sigue mostrando un respeto absoluto por lo que dice su marido. Tarda en meter baza pero, al final, se anima: «¿Qué pasa, que los payos no discuten en su casa o en la calle? Pues yo les he visto, en los dos años que llevo aquí y en los cuarenta que me tiré en Virgen del Cortijo. Nos sienta muy mal que nos achaquen todos los robos y todo lo malo».
José, uno de los vecinos, también gitano, interviene en la charla. «Yo creo que a los que quejan de nosotros les da envidia vernos en la calle, tan animados, y asando un cacho de carne que nos vamos a comer». Lo dice y se queda tan ancho. -«¡Anda si a todos nos diera por armar fogatas y hacer barbacoas en plena calle!», exclama otra vecina -esta es paya- que viene de hacer la compra. Ella también es de la opinión de que las once familias gitanas que tienen como vecinos «son problemáticos, aunque lo nieguen. A lo mejor es que no son conscientes de que están al margen de la normalidad y la convivencia pero es que hacen lo que les da la gana».
Volvemos a hablar con Juan José, el patriarca. «Mira, mira. No ves que hay mucha tranquilidad. Las mujeres están al sol, hablando. Los chicos van y vienen y las madres esperan que salgan sus hijos del colegio para ir a buscarlos. Ya tienen hecha su casa y su comida. ¿Qué hay de raro en todo eso?».
-«¿Tú ves que aquí haya jaleo y trapicheo de droga? ¿Lo ves? Aquí no dejamos vender droga. Lo que haga uno dentro de su casa, es para él. Pero que hagan cosas malas a la vista de todos, eso no; eso no lo consiento», añade Juan José.
El hombre también tiene lo suyo para los payos. «Vamos a ver. Estoy pagando 90 euros al mes por el alquiler de la vivienda más otros 50 de comunidad. A ninguno nos interesa armar jaleo para que nos echen porque, con el tiempo, podremos comprar el piso. Aquí nadie mete al burro en casa, como se ha dicho de nosotros. Eso pasaba, si pasaba, hace treinta o cuarenta años. Soy gitano, pero honrado. Y se que hay algún payo de mi bloque que lleva años sin pagar la comunidad. Yo no. Los míos, tampoco».
Mientras hablamos con esta familia observamos que los camiones municipales de recogida de basuras pasan por la calle Pintor Lucio Muñoz a gran velocidad. «Ya están. ¿Lo veis? Es que no respetan nada. Un día vamos a tener un disgusto. Llevamos tiempo pidiendo que pongan badenes porque, además, el parque infantil está junto a la carretera. Nada, ni caso. Un día nos hartamos y cortamos la autopista», se queja Juan José. No sabemos si lo dice por cortar la M-30 o la M-40, que las dos les quedan cerca.
A estas alturas, queda claro que ellos, los gitanos, no son los culpables de los problemas que hay en Sanchinarro. Los vecinos se quejan pero ellos no se dan por aludidos. No reconocen que los taxis no quieran recoger a nadie de esta zona y que los servicios de reparto sean mínimos.
Tampoco admiten que toda la jauría de perros galgos que tienen sean porque les gusta la caza furtiva. «Eso es otra mentira. Tenemos un coto privado en la provincia de Ciudad Real que nos cuesta 1.500 euros», dice el patriarca. Ahí dejamos a unos y a otros. A los que no soportan tan difícil convivencia y a los que dicen que esto es una balsa de aceite. Payos y gitanos, por ese orden. Sanchinarro es un polvorín. Lo malo es que alguien encienda, cualquier día, la mecha.