Esta es “la primera novela de García Márquez en 10 años” reza la faja que abraza el librito. Y en un alarde promocional “lanzamiento mundial en lengua española 1.000.000 de ejemplares”. ¡Un millón de ejemplares!, sí. Pero esta novelita corta, de ciento nueve páginas de las cuales ocho son de cortesía, lo que le ha supuesto al autor entre sesenta y setenta folios, con un cuerpo de letra bien legible y un papel de gramaje alto, bien vale la pena. ¡París bien vale una misa!, dijo Enrique IV, el primer Borbón.
Es esta novela corta una mezcla de sabiduría, melancolía, nostalgia, ternura y sensibilidad que probablemente, si no se tienen unos cuantos años a la espalda, como los que goza el Premio Nobel colombiano, se ha vivido tanto, y se ha amado tanto, es imposible quintaesenciar. Por mucho que tirios y troyanos, críticos, amigos, enemigos y otras gentes que conocen al escritor de palabra o de obra, digan que éste se parece a otro libro, recuerda a aquel, se refiere a otro o alude a La lozana andaluza, compendio del arte de las putas, sólo se puede escribir un libro como Memoria de mis putas tristes cuando uno está de vuelta y es capaz de mirar de otra manera el amor.
Lo que resulta más que evidente es que García Márquez tiene en la retina La casa de las bellas dormidas, del también Nobel japonés Yasunari Kawabata, de donde extrae la cita que precede al texto de sus putas tristes. “No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.”
La mirada de un solitario anciano de noventa años, “las putas no me dejaron tiempo de ser casado”, ante la dormida desnudez de los catorce años de Delgadina, descubre “el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor”. El narrador de la historia, “no tengo que decirlo, porque se me distingue a leguas: soy feo, tímido y anacrónico”, quiere celebrar su noventa cumpleaños y “regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”. Pero no será así. “Ay mi sabio triste, está bien que estés viejo, pero no pendejo”.
La melancolía, sobre todo la melancolía, está presente en esta novelita-joya que contiene sabias frases sean o no de Cicerón: “No hay un anciano que olvide dónde escondió su tesoro”o “el primer síntoma de la vejez es que uno empieza a parecerse a su padre”. Un año abarca la historia. Un año comprimido en 109 páginas de prosa brillante, desbordante, donde la pasión tardía se enseñorea en el corazón del viejo y atrapa al del lector.
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Recomendado para los que aman.
La clave: la esencia de Gabo.
Lo mejor: todas sus páginas.
Lo peor: las páginas en blanco. |
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