Historia de las difíciles relaciones entre China y el Tíbet
El conflicto en el Tíbet nace de desacuerdos sobre la historia de las relaciones entre China y el Tíbet, y es muy anterior al régimen comunista nacido en 1950 en Pekín.
Mientras China asegura que el Tíbet es parte del país asiático desde hace siglos debido a uniones dinásticas, los tibetanos piensan que el país fue sometido injustamente por los chinos en diferentes periodos de la historia, el último de ellos desde hace 58 años.
Se considera que los pueblos tibetanos comenzaron a ser una entidad política diferenciada hacia el siglo VII, cuando se constituyen como un reino.
Songtsen Gampo (604-650), héroe nacional tibetano, fue el que logró unificar los pueblos del Techo del Mundo.
En tiempos de este primer rey comienzan los vínculos del Tíbet con la vecina civilización china, ya que siguiendo políticas de alianzas se casó con una princesa china llamada Wencheng, de la dinastía Tang (aunque también tuvo una esposa de Nepal).
En esta unión se basa China para afirmar su soberanía sobre la región, algo a lo que se oponen los independentistas tibetanos, que afirman que el aislamiento geográfico de la región le ha permitido ser virtualmente independiente durante gran parte de su historia, pese a las injerencias de potencias vecinas y occidentales.
Con reyes posteriores a Songtsen Gampo, el reino del Tíbet alcanzó su máxima extensión e incluso puso en jaque a la vecina civilización china, llegando a controlar brevemente la ciudad de Changan (actual Xian), la capital del 'Imperio del Centro'.
Hacia 1240, los mongoles, que controlaban China desde 1215, atacan el Tíbet y establecen una relación de 'patronazgo' sobre los líderes políticos y religiosos de la región.
China asegura que hacia 1372 la recién formada dinastía Ming otorgó al mandatario tibetano una suerte de 'virreinato' y le obligó a pagar tributo a la corte china, lo que en esencia significaba el dominio del imperio chino sobre el Tíbet. Esto no es reconocido por los independentistas tibetanos.
En 1720, la última dinastía china (Qing), aprovechando un conflicto entre dos líderes tibetanos, invade el Tíbet e instaura un gobierno que estaría encabezado por el Dalai Lama.
En los siglos XIX y XX, el Tíbet, como otras zonas de China, intentó ser colonizado por los imperios occidentales, principalmente el Británico, que exploró la región -muchos de esos primeros viajeros la idealizaron como un lugar mítico- y lanzó una invasión en 1904 encabezada por el coronel Francis Younghusband.
Las tropas mataron en su avance entre 1.300 y 5.000 tibetanos, según las diversas fuentes.
Tras llegar a Lhasa, impusieron a Tíbet y China la obligación de abrir la aislada región al comercio con el Imperio Británico, que en algunos tratados posteriores la trató como entidad independiente, pese a la oposición de Pekín.
En 1913, aprovechando la caída de la dinastía Qing en 1911 y el caos de los primeros años de la República de China, el Tíbet declara unilateralmente su independencia.
La anarquía que China sufrió en las décadas posteriores permitió a Tíbet fortalecerse como entidad independiente a principios del siglo XX, situación que terminó en 1950, cuando, un año después de la fundación del régimen comunista en Pekín, las tropas chinas 'invadían' el Tíbet (según los independentistas tibetanos, mientras los chinos hablan de 'liberación' del feudalismo en el territorio).
Los tibetanos se levantaron contra el dominio comunista en 1959.
Pero el fracaso de la rebelión iniciada el 10 de marzo de ese año (y cuya conmemoración motivó las protestas de la semana pasada) dio lugar a la huida del Dalai Lama y a la creación de un Gobierno tibetano en el exilio.
Según ese gobierno, la represión del ejército chino contra el pueblo tibetano y su cultura en medio siglo se cobró más de un millón de muertos, así como la destrucción de monasterios y templos, especialmente durante la Revolución Cultural (1966-76).
La represión también aumentó tras las protestas de 1989, para conmemorar el 40 aniversario de la rebelión.