Primero famoso por su magistral precocidad musical, se convirtió en el veinteañero más conocido del mundo gracias a sus primeros discos en solitario. No digirió bien el éxito y, en los últimos años, su figura se ha convertido en una caricatura ridiculizada en los medios de comunicación.
La de Jackson es una vida modelo: el ascenso y caída, en las mismas y brutales proporciones, de un mito del siglo XX. Su historia contiene todos los alicientes que se le piden a una leyenda: infancia pobre, de la que escapa gracias a su talento, explosión juvenil como ídolo de la juventud mundial y, finalmente, sombras en forma de fracasos comerciales, degeneración física y problemas con la justicia.
Pero el de Jackson no es un caso cualquiera: expuesto desde muy pequeño a los ojos del mundo su vida ha terminado perteneciendo también a su público, que primero admiró su frescura, su incomparable talento y su bondadosa imagen y, finalmente, se sintió aterrado ante la transformación del ser humano en un algo irreconocible e irreal.
Hoy, a sus 46 años Jackson no es niño ni joven pero tampoco adulto, sino un espectro al que desde hace tiempo reclaman más en los tribunales que en la escena musical. Fue dueño de una inmensa fortuna, que ahora parece desaparecida, y agrupó a millones de fans que le admiraban como a un dios; ahora, en un acto de fé incomparable, siguen confiando en su inocencia.
Pendiente de un veredicto por abuso de menores que, sin duda, puede suponer su final, Jackson no es tachado de presunto delincuente sino que conserva el aura de inocencia que sólo se otorga, en estos tiempos, a los niños o a los locos. ¿Salió Jackson de alguna de estas dos categorías, o pasó directamente de la una a la otra?