Superviviente recuerda horror nuclear y desdén de su propio país
Sunao Tsuboi, superviviente de la destrucción nuclear de Hiroshima, recuerda como si hubiera sido ayer ese aciago 6 de agosto de 1945 y lamenta los sesenta años de discriminaciones e incomprensión sufridos por las víctimas.
Mañana se cumple el aniversario de la aniquilación de Hiroshima por una bomba atómica, que, sesenta años después, 'sigue destruyendo el cuerpo y el corazón de sus víctimas', según explica Sunao Tsuboi, uno de los últimos 'hibakusha', como se conoce a los supervivientes de aquel día en que el cielo se tiño de negro en Japón.
Muchos de los hibakusha afirman que son víctimas dobles: de los norteamericanos y de sus propios compatriotas, por la incomprensión que recibieron tras la catástrofe que precipitó la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial.
Tsuboi, de 80 años, es vicepresidente de la Confederación japonesa de Organizaciones de Víctimas de las Bombas Atómicas y de Hidrogeno, pero cuando cayó la bomba sobre Hiroshima era un simple estudiante.
Iba camino de la universidad cuando la bomba atómica estalló a 580 metros de altura y a un kilómetro de distancia del lugar en el que se hallaba.
Eso fue lo último que recuerda. Después, cuando despertó, anduvo tambaleándose y escuchó la voz de una mujer anciana pidiendo auxilio.
Cuando retiró unos escombros para ayudarla, se dio cuenta de que los brazos y piernas de la mujer estaban carbonizados y se deshicieron al intentar levantarla.
El no se encontraba mucho mejor, su camisa estaba quemada y pegada a jirones a la espalda en carne viva.
'No sentía nada, ni siquiera dolor. Pero sólo pensaba en ayudar a esa pobre mujer', explica a EFE el señor Tsuboi.
Finalmente se dio cuenta de los graves daños fisiológicos que había sufrido, con la mayor parte del cuerpo quemada, y sólo pudo alcanzar un hospital gracias a la ayuda de un compañero de clase.
En el hospital, fue apartado a la sala de los moribundos y heridos más graves, donde la esperanza de vida era apenas de unos días.
'Pensaba que yo sería el siguiente en morir, hasta que perdí el conocimiento', asegura.
Cuando despertó, Tsuboi supo que había permanecido 40 días en coma, que la guerra ya había terminado y que Japón la había perdido.
Tres días después del ataque a Hiroshima, el 9 de agosto, otro bombardero norteamericano había lanzado otra bomba atómica sobre Nagasaki, que quedó también arrasada.
Decenas de miles de personas murieron de forma instantánea en ambas explosiones, pero ese número se duplicó según pasó el tiempo, por lo que Tsuboi pudo sentirse como un afortunado.
Al menos eso pensó en un principio.
Su madre le había estado buscando y no lo había reconocido por la desfiguración total que padecía.
Con las orejas desgarradas, la piel desprendida, los labios hinchados y buena parte del cuerpo agusanada por la infección de las heridas, durante los tres meses que estuvo hospitalizado el médico sólo podía recitar una frase: 'hoy va a morir'.
Sin embargo, con el cuidado de su madre, Tsuboi sobrevivió tras estar un año en cama y estudió aeronáutica en la Universidad.
Al buscar trabajo fue cuando se encontró con la terrible realidad de que las víctimas de los bombardeos atómicos eran discriminadas, pues en el aquel entonces la radiación se creía contagiosa.
'La gente normal no nos dejaba acercarnos', dice Tsuboi, a quien tantas décadas después los efectos del holocausto nuclear se le notan más en su interior que en su aspecto externo.
Algunas víctimas de las bombas ocultaron los ocurrido y pudieron encontrar trabajo, pero, en cuanto se les declaraba alguna de las mil y una dolencias derivadas de la radiación, eran fulminantemente despedidas.
'En mi caso, no podía esconder nada, porque mi cara lo decía todo. Ahora, después de sesenta años, el color de mis quemaduras se ha aclarado, pero en aquel tiempo parecía un demonio', asevera Tsuboi.
La marginación de las víctimas llegó al caso de arruinarse muchos matrimonios, pues de las mujeres sometidas a la radiación se decía que sólo podían tener hijos deformes.
En el caso de Tsuboi, toda la familia de su novia se opuso al matrimonio, pues pensaban que el joven moriría en poco tiempo.
Intentó suicidarse con su amada, pero por un nuevo milagro en su vida los somníferos que tomaron no tuvieron el efecto deseado.
Finalmente logró casarse y tuvo hijos y nietos sanos, en contra de lo que pensaban sus parientes.
Su salud, no obstante, se deterioró progresivamente, con una decena de hospitalizaciones, que le llevaron al borde de la muerte en tres ocasiones; actualmente padece de anemia crónica, angina de pecho y cánceres de próstata e intestino grueso.
Tsuboi ha viajado a Estados Unidos, de donde llegó la bomba que cambió su vida, seis veces para protestar por el desarrollo de armas nucleares.
'En los primeros cuarenta años mis sentimientos eran confusos, con resentimiento, sufrimiento, odio y rabia. Pero en los últimos veinte todo ha cambiado. He trabajado con otras víctimas a favor de la abolición de las armas nucleares y he aprendido que el rencor no resuelve nada', dice.
Ahora, añade, 'sí que puedo decir cuáles serán mis últimas palabras: mi vida fue maravillosa'.